17 julio 2006

Gimnasio

Mañana gimnasio. Resulta gracioso ese salónl de la musculación y el fisioculturismo. Los sudorosos machos levantan sus pesadas cargas mientras contemplan su marcada y ruda figura en el espejo con libidinosa mirada. Parece que quieren tener sexo con ellos mismos. Esa actitud de confianza es envidiable. Realmente tienen una meta, un afán de superación increíble. Los culturistas ven reflejados sus progresos. Como cualquier otro atleta que entrena día a día por arañar una milésima más al cronometro, o por conseguir un centímetro más de longitud, esta gente quiere ver sus cuerpos más y más endurecidos y musculados ¿Dónde está el límite de la musculación? Yo llegaré allí, me fijaré en todos ellos y me dedicaré a hacer lo mismo que ellos con mi muchisimo más escueto y discreto objetivo: Ponerme un poco en forma, darle vida a mi empobrecido cuerpo, que ha sufrido los achaques de casi dos años de salidas nocturnas y lesiones deportivas. Empezaré poco a poco a coger un ritmo competitivo, para poder llegar a Ourense la próxima pretemporada y aportar lo que se me al club. Con ilusiones extrarrenovadas, deseo con fiereza que mi rodilla no me deje tirado y que mi rendimientos sea óptimo para poder demostrar definitivamente cuales son los motivos que me han llevado a persistir en la práctica del voleivol. Yo no entreno para saltar más, correr más, tener más diametro de brazo. Tampoco entreno para ser el mejor, tampoco entreno para divertirme aunque me divierta. Entreno en busqueda del reconocimiento. Es el reconocimiento la causa de que lleve 7 años haciendo algo que para otros puede parecer vanal y aburrido.
Recuerdo aquel día en que fuí al pabellón de Coia a las escuelas deportivas de voleivol. Quería ocupar mi tiempo con algo, pues a mis 14 años, me aburría bastante y consideraba necesario realizar alguna actividad. Elegí el voleivol porque me parecía muy original, diferente y porque mi padre me había hablado muy bien de su vida como jugador. En unos pocos días se habían fijado en mí y me hicieron ficha para el equipo cadete del Vigo voleibol. Ese reconocimiento me pareció algo desproporcionado. Al final de ese año me había lesionado con un esguince en el tobillo y no pude jugar los cruces clasificatorios para el campeonato gallego. Perdimos y me dijeron que si yo estuviera bien hubieramos ganado. Ese reconocimiento me pareció algo desproporcionado. Así que decidí seguir jugando para el año siguiente, año en el que pasaba a ser juvenil y a entrenar en un nivel altísimo para mis expectativas. Ese año no tenía un hueco en el equipo pero noté mucha mejoría en mi juego y decidí seguir en el equipo en el segundo año de juveniles. Ese año lo guardo en mi memoria con gran emoción. Conseguí la titularidad y ganamos el campeonato gallego (esta historia es increíble en todos sus recovecos). Para ese entonces el voleibol ya no era cuestión de decidir si seguía o no, era parte de mi vida. El equipo de Segunda División ganó la liga y se algunos jugadores de dicha plantilla comentaron la posibilidad de llevarme a la fase de ascenso. Ese reconocimiento me pareció desproporcionado. Al año siguiente empecé a jugar en esa plantilla sin comerlo ni beberlo. Ese reconocimiento me pareció desproporcionado. Al año siguiente cambié de equipo por motivos de alto peso y me clasifiqué para el campeonato de España de Volei-playa. Ese reconocimiento me pareció desproporcionado. Ese verano conseguimos ganarle a los campeones gallegos de Volei-playa y clasificarnos para unas semifinales. Ese reconocimiento me pareció desproporcionado. Al año siguiente seguí en el equipo del Teis y no nos fue muy bien, un muy buen compañero me aconsejó que me buscase un hueco en algún equipo de Primera Nacional. Ese reconocimiento me pareció desproporcionado. Ese verano el colocador del equipo de Ourense de Primera Nacional me dijo si quería jugar con ellos al año siguiente. Ese reconocimiento me pareció desproporcionado. Y desde entonces juego en donde quiero. Estoy cómodo y he recibido el más increíble de los reconocimientos. El último partido que jugué en Ourense, antes de lesionarme la rodilla hasta este verano, una señora del público se acercó al banquillo al final del partido (3-2 a nuestro favor) y me dijo: -Oye chico, hoy jugaste muy bien. Llegué a Vigo emocionadísimo, me conecté, y un juvenil de mi equipo me dijo: -Hoy fuiste el mejor del equipo y jugaste mejor que nunca. Creo que despues de que me dijeran eso, puedo retirarme en paz cuando considere conveniente. Pero no lo voy a hacer. Seguiré entrenando con el único objetivo de que mis compañeros estén contentos conmigo y poder algún día recibir algún desproporcionado reconocimiento.