Volábamos hacia Tokio. Se presentaba ante nosotros el mayor fin de semana de fiesta de nuestras vidas. Nada mas aterrizar y darte un paseo por la capital nipona, ya sabías que esa no iba a ser una noche cualquiera.
Los grandes espacios comerciales y financieros anunciaban en sus grandes pantallas la discoteca de moda en Japón. No cabía duda de que sería visita obligada. Y fueron pasando las horas y Joaquín, Alberto, Tono y yo (efectivamente, Mario no estaba) nos preparamos para la gran noche de Tokio.
Primera parada, la discoteca anunciada en las pantallas gigantes. Se trataba de un palacio de tres pisos todo de mármol blanco. En el piso inferior había una gran fuente de cristal y potentes chorros de agua. Había dos escaleras en semicírculo, una a cada lado, hasta el segundo piso. Este segundo piso se trataba de un espeso bosque de grandes plantas y arbustos. Un pequeño ascensor tras dos palmeras te llevaba al tercer piso, que era mucho más pequeño y convencional.
Tras un tiempo de puro night attack, nos encontramos a Joaquín en el segundo piso comiéndose la boca de una interesante rubia de unos 50 años. Tras reunir a la totalidad del grupo salimos a la calle.
Nuestra decisión fue hacer botellón. Y fuimos a una pequeña plaza triangular a sentarnos en unos bancos bajo un techo de metacrilato. En medio de nuestra actividad, llegó un amigo de Joaquín (que a día de hoy sigo sin saber quién es) y exclamó:
- Coño Joaquín! Pero ¿qué haces tu por aquí? ¿No deberías estar en casa? Tus padres deben estar a punto de llegar!!
Prácticamente sin despedirse, vimos desaparecer a Joaquín corriendo como alma que lleva el diablo hacia el aeropuerto para llegar a tiempo a su casa.
Su amigo nos habló de un local impresionante. Nos dijo que era lo mejor que podríamos encontrar en Tokio, y tal vez en el mundo. Tras indicarnos como podíamos llegar a semejante paraíso nocturno, nos advirtió que existía un requisito para poder entrar: Teníamos que ir en gayumbos.
Fue en ese preciso instante cuando nos quitamos los pantalones y los dejamos con los restos de nuestro botellón y nos encaminamos hacia el dichoso local (¿qué necesidad hay de ir con los pantalones puestos y quitárselos en la puerta?).
Subiendo por una calle, misteriosamente idéntica que la Calle Real de Vinos en Vigo, recuerdo perfectamente mirar a mi derecha a Alberto que tan solo llevaba puestos sus gayumbos (la cartera la llevaba dentro, sobresaliendo por arriba) y a mi izquierda donde estaba Tono luciendo gayumbos y sudadera con capucha.
Al dejar a nuestra derecha un local que estaba más metido en la calle y nos impedía la vista del siguiente, vimos una sencilla puerta de madera bajo un letrero sin luces. Ese letrero nos decía en caracteres latinos: "El Cubero".
Entramos y nos encontramos con un local circular. Oscuro. Lámparas antiguas con poca luz nos mostraban las características principales del sitio. Toda la pared era barra y el centro, que tenía una piscina también circular de aproximadamente 10 metros de diámetro. Esa piscina ... era de barro. Y dentro del barro, mujeres.
Ese fue el preciso instante en el que me desperté. Era realmente tarde, quedaba muy poco para la hora de comer.