(o civismo vecinal)
Este es un sitio distinto. Aquí en el garaje te encuentras a un vecino y le saludas, y como mucho él te mira. Hay detalles en ciertas conductas de los oriundos de la isla que muestran cierto individualismo y falta de respeto por el otro. Evidentemente siempre hay excepciones, pero si estamos hablando de desconocidos, se trata de la norma general.
Recién llegados a la isla, el único comercial inmobiliario que nos ofreció un piso adecuado a nuestras posibilidades económicas (la puta mitad de mi sueldo, más el preceptivo robo de un mes que se queda la inmobiliaria, y la fianza) evitó comentar un detalle que a la postre supondría nuestra salida del piso. Susana la preguntó: "¿Y qué tal los vecinos?". Yo me sorprendí, pero más me sorprendí cuando comprobé la falsedad de la afirmación: "No hay ningún problema".
Estábamos un día (cualquiera, casi nunca viernes o sábados) en el salón de noche, cuando empezamos a oír música latina y como alguien cantándola en plan karaoke. En un principio pensé en una fiesta en la otra punta del patio interior. Cuando esta canción (siempre la misma, para más ironía: La vida te da sorpresas, sorpresas te da la vida) se mantenía en el tiempo por espacio de toda la puta noche, comprobé que se trataba de nuestra vecina de debajo. Algo se le comentó por la ventana. La respuesta fueron amenazas e insultos.
Lo achacamos a algo accidental, hasta que se repitió ... muchas veces. Jamás ponía la música 1 hora o 2. Se trataba de toda la noche hasta que salía el sol, y a un volumen suficiente para no dormir ni drogado. Drogada debía ir la vecina, toda vez que sus voces reflejaban un tono algo pasado de fiesta. Hasta que llegó el día que decidí llamar al a policía. La policía llegó y nos dijo algo así como: "Este es un servicio que damos en caso de urgencia, si esto se repitiera o se mantuviera en el tiempo, ya no vendríamos, tendríais que denunciar en la policía de barrio" (que yo traduzco como: "Aquí no hay nada que hacer, échale huevos a denunciarle, a ver que arde antes, si tu coche o tu casa" ***). Bajaron, hablaron con ella y paró la música ... esa noche.
Cuando la vecina volvió a hacer lo que salía de los huevos, reuní cierto valor y bajé a timbrarle. Jamás olvidaré el espectacular escándalo que hacía su música en su pasillo. No comprendo como nadie de su piso le protestaba. Timbré y salió un latino moreno. Conseguí que se pusiera la drogodependiente en cuestión. Pidió perdón, apagó la música, flipé en colores y a dormir.
La siguiente ocasión que comenzó el ritmo y sabor en el piso de abajo dije: "Voy a bajar a ver si tengo la misma suerte". Vaya espectáculo el de aquella noche. Me abre el latino, viene la supervecina y me quedo atónito ante sus ojos. Dos cuencas completamente negras que hacían juego con esa voz pastosa y esos alaridos amenazantes. Resulta que según ella yo estaba loco, era el único que protestaba, era el que creaba los problemas de la comunidad y que no había ninguna norma que le impidiera hacer lo que ella quisiera.
Al día siguiente ya tenía piso nuevo. Un amigo de mi equipo (Hey JK, si me estás leyendo, un saludo!) me ofreció uno de su familia en idénticas condiciones, aunque tenemos que cambiar el concepto "vecina drogadicta y peligrosa" por "personaje en la finca de al lado, que deja una cantidad variable de perros ladrando durante toda la noche a un volumen brutal, mientras él duerme en otra parte".
Tras analizar la situación, pude comprobar que viene en ocasiones a dar de comer a los perros o recoger naranjas (aparcando su furgoneta en su vado, contiguo al mío y haciéndome maniobrar siempre que queremos salir). En una de esas ocasiones conseguí hablar con el fulano en cuestión. Le informé que los perros ladraban por la noche y me respondió que tomaría medidas porque la gente tiene que descansar. Flipé en colores. Ese mismo día recibí una llamada del jefe de policía de barrio (unos días antes mandé un correo al ayuntamiento preguntando por el procedimiento por si yo quisiera en alguna ocasión protestar por los ruidos nocturnos producidos por los perros abandonados del vecino. Esta llamada era la respuesta a ese correo). El hombre me dijo: "Con ese hombre no hay nada que hacer. No atiende a razones. Ya lleva varias denuncias, tiene antecedentes de otras calles y por mucha multa que le pongas no cambia nada". Os remito a ***.
Esto de los perros es impredecible. Puedes dormir semanas seguidas bien (hasta las 7:30-8:00. A esa hora los perros comienzan el concierto sin perdón) y pasarte 3 días seguidos en vela sin entender porqué ladran (gatos, personas por la calle, un implante cibernético implantado en sus cerebros dirigido a destrozar nuestras vidas...). Y sólo nos quejamos de lo de las noches. Pero es a cualquier hora del día. Uno sabe que está por fín en casa cuando comienza ese dulce trino que tanto alegra nuestros oídos.
Y con esto ilustro ese "individualismo" que percibo en la gente. Las normas nos las imponen cada una de las personas con las que nos topamos. No el estado, la comunidad, el ayuntamiento, la policía o la UE. Cada persona tiene sus normas propias, que consisten en hacer lo que les da la gana en todo momento, para obtener su beneficio único y si puede ser el malestar ajeno. Y tu tienes que hacer lo que buenamente puedas para prever cuales son "esas normas particulares de cada uno" y así conseguir una convivencia en la que ellos consiguen lo que quieren siempre, y tu te jodes. Si tu ves lo que son capaces de hacerte cuando les haces nada, imagínate lo que pueden hacerte si les denuncias, amenazas, hablas con ellos o les pagas con su propia moneda. La batalla siempre está perdida, y por eso todo el mundo actúa así.
Hoy ha tocado perros (desde las 5:00 para Susana, desde las 6:00 para mí). A pesar de que durante una buena temporada les intenté enseñar que ladrido = manguerazo de agua, el cerebro del perro es imprevisible y la cantidad y variedad de perros en esa finca alcanza el absurdo.
Y aunque ya tenga un "contra" para cada una de vuestras propuestas, ¿Qué haríais vosotros?